
Por Mª Eugenia Fernández
La comunidad amigoniana y la feligresía de la Parroquia de Nuestra Madre del Dolor de Madrid se han vestido de luto, pero sobre todo de profundo agradecimiento, tras conocerse el fallecimiento de Victoria Alonso Gallego.
Quienes tuvieron la dicha de caminar a su lado la recuerdan como una mujer en la que la solidaridad no era un concepto abstracto, sino una virtud diaria. Desde los inicios de la parroquia, su presencia constante ayudó a tejer los lazos de la comunidad que hoy la despide.
Hace unos años, la vida la puso a prueba con la pérdida de su esposo. Sin embargo, la viudez no logró apagar su esencia. Con una resiliencia admirable y sostenida por su profunda fe, Victoria nunca perdió su buen carácter. Al contrario, continuó siendo ese refugio de paz para los demás, demostrando que su compromiso iba más allá de las circunstancias personales.
Si algo definía a Victoria ante los ojos de su grupo de Cooperadores Amigonianos y de toda la comunidad parroquial, era su característica sonrisa y su inquebrantable amabilidad. Su forma de ser, siempre cercana y dispuesta a escuchar, convertía cualquier encuentro ordinario en un momento de acogida y calidez humana.
Victoria Alonso Gallego se marcha dejando un vacío inmenso en el grupo de Nuestra Madre del Dolor, pero también un mapa muy claro de lo que significa vivir bajo el carisma amigoniano: servir con alegría, amar sin condiciones y sonreír a pesar de las tormentas.
La comunidad de Caldeiro y todos los Cooperadores Amigonianos elevamos nuestras oraciones por su eterno descanso, con la certeza de que su luz seguirá guiando los pasos de aquellos a quienes enseñó, con su ejemplo, el verdadero significado de la fraternidad. Descanse en paz.