
Por Marta Fernández, Javier Cano y Jaime Alarcón
Después de varios años sin una actividad propia de estas características, jóvenes amigonianos de Pamplona, Valencia, Madrid y Dos Hermanas nos hemos vuelto a reunir en una experiencia compartida que ha tenido como escenario el nuevo centro de Bañobre (Galicia). Durante varios días, la experiencia ha aunado retiro, convivencia, Camino de Santiago y voluntariado, en una propuesta que nos ha permitido crecer en la fe, fortalecer vínculos y ponernos al servicio de los demás.
La experiencia comenzó los días 30 y 31 de julio con un retiro espiritual. A través de la reflexión sobre la familia de Betania y de las enseñanzas inspiradas en san Francisco de Asís, profundizamos en cuestiones como el significado del hogar, el descanso, la entrega y el sacrificio de Jesús. Las lecturas, los momentos de oración y los espacios de silencio nos ayudaron a descubrir la presencia de Dios en la naturaleza, en las personas y en los pequeños detalles de la vida. El retiro también nos permitió reflexionar sobre la manera de vivir la fe y sobre la importancia de fortalecer los vínculos dentro de la comunidad.
Una de las principales conclusiones de estos días fue la necesidad de que la fe no se quede únicamente en las palabras, sino que se traduzca en acciones concretas de amor, servicio y compromiso con los demás. Una invitación a vivir de manera más auténtica, procurando que las propias acciones reflejen cada día las enseñanzas de Jesús.

Un Camino de Santiago compartido
Tras el retiro, nos pusimos en marcha para hacer el Camino de Santiago. La primera etapa, el 1 de agosto, sirvió como toma de contacto con la dinámica del camino. Aunque finalizaba de nuevo en la casa de Bañobre, permitió comenzar a entrar en el ambiente de la peregrinación, con la lectura de la carta-testamento de san Francisco y diferentes preguntas de reflexión que posteriormente compartimos en grupo.
La segunda jornada estuvo marcada por el esfuerzo físico. Afrontamos una etapa de alrededor de 40 kilómetros, una experiencia exigente que, además de poner a prueba nuestra resistencia, favoreció el encuentro y la creación de nuevos vínculos. El cansancio y las horas compartidas nos permitieron también afrontar algunas dificultades y recuperar relaciones que se habían ido deteriorando con el tiempo. Ese mismo día, la providencia nos permitió encontrarnos con jóvenes de la parroquia de la Asunción de Alboraya. La relación entre su párroco y algunos de los religiosos amigonianos facilitó el encuentro y permitió compartir con ellos la Eucaristía dominical.
La tercera etapa, de unos 24 kilómetros, estuvo marcada por el cansancio acumulado y las dificultades físicas. Las ampollas y el desgaste hicieron que no todos pudieran completar el recorrido. Sin embargo, la experiencia permitió descubrir que, aunque todos recorríamos el mismo camino, cada persona lo vivía de una manera diferente, con sus propias dificultades, aprendizajes y momentos de superación.
La última jornada de peregrinación, de unos 16 kilómetros, estuvo acompañada por la lluvia durante todo el recorrido. Una circunstancia que permitió comprender que en el Camino de Santiago la dificultad no siempre se mide en kilómetros. La llegada a Santiago y la visión de la catedral pusieron el punto final a la peregrinación. Lágrimas, abrazos y sonrisas reflejaron la emoción de haber alcanzado nuestros objetivos y cumplido nuestras promesas.
Durante la estancia en Santiago, tuvimos la oportunidad de visitar y compartir con las comunidades contemplativas de la ciudad. En el convento de los Carmelitas pudimos celebrar la Eucaristía, conocer su carisma y visitar el convento. Algunos de los religiosos conocían además la realidad amigoniana y uno de ellos había sido alumno del Colegio Luis Amigó de Medellín.También visitamos el convento de las Clarisas, situado frente al albergue. El encuentro y el diálogo con las religiosas nos dejó una profunda huella por la paz y el testimonio que transmitían. Posteriormente, regresamos a la catedral para abrazar al apóstol Santiago y celebrar la Eucaristía, antes de recoger la Compostela y disfrutar de unas horas por la ciudad.
Más allá de los kilómetros, las ampollas, el cansancio y las dificultades, una de las grandes experiencias del Camino fue descubrir que podíamos sentirnos como en casa aun estando lejos de ella. La convivencia y las personas con las que compartimos cada jornada hicieron que el camino se convirtiera también en un espacio de hogar y fraternidad.

El servicio como continuación del camino
De regreso a Bañobre, la experiencia continuó con varios días de voluntariado. La primera jornada tuvo lugar en Agarimo, donde fuimos recibidos por el P. Manuel Carreño y Fr. Delfín Pereda, junto con Lorena Nión, responsable de los proyectos del centro. Allí pudimos conocer de primera mano la labor que desarrollan tanto en el centro de día como en el centro residencial para niños y niñas. La jornada estuvo dedicada especialmente a compartir tiempo con los menores, jugando con ellos y acercándonos a sus realidades. La acogida recibida por parte de los niños y el ambiente de convivencia hicieron que viviéramos la experiencia con especial intensidad.
Los días siguientes se desarrollaron en la casa de Bañobre. Después de conocer los proyectos que la Fundación Amigó y la Provincia desarrollan en Galicia, así como la historia vocacional de quienes trabajan allí, colaboramos en diferentes tareas de limpieza y mantenimiento del centro. El trabajo fue alternándose con momentos de convivencia con los niños y adolescentes residentes. Los juegos y actividades compartidas permitieron crear rápidamente vínculos, hasta el punto de que llegamos a sentirnos «como un niño más».
La experiencia también tuvo espacio para el ocio y la convivencia. Pudimos acercarnos a las Fragas do Eume para disfrutar de un paseo en kayak y de la puesta de sol desde el río. La jornada terminó con una queimada gallega, una experiencia nueva para muchos de nosotros. Durante el último día de voluntariado, volvimos a compartir tiempo con los menores y terminamos las tareas de organización y limpieza que habían quedado pendientes.

«Con tan poco podemos hacer tanto»
La convivencia con los niños y niñas de Agarimo y Bañobre ha sido uno de los aspectos más significativos de esta experiencia. Hemos aprendido de sus historias y realidades y, sobre todo, nos llevamos el recuerdo de sus rostros de felicidad y agradecimiento por algo tan sencillo como compartir su tiempo con ellos. Una imagen resume especialmente bien esta experiencia: cuando nos disponíamos a marcharnos de Bañobre, uno de los niños permanecía asomado a la ventana esperando que volviéramos a buscarlo para jugar. Un gesto que demuestra que «con tan poco podemos hacer tanto».
También las tareas más físicas y exigentes realizadas en la casa adquirieron un sentido diferente al saber a quiénes estaban destinadas. El trabajo, la convivencia y el servicio se convirtieron así en una prolongación natural del camino recorrido durante los días anteriores. Al finalizar esta experiencia, queremos expresar también su agradecimiento a Fr. José Antonio Morala, religioso destinado actualmente en Bañobre, por su dedicación y por todo lo que ha aportado a la presencia amigoniana en Galicia, especialmente a la labor desarrollada en Agarimo.
Esta experiencia en Galicia ha sido, en definitiva, mucho más que una actividad de verano. Ha sido un camino de encuentro con Dios, con los demás y con nosotros mismos; una oportunidad para fortalecer la fraternidad y una invitación a comprender que la fe encuentra su expresión más auténtica cuando se transforma en servicio y compromiso.