¡Verdaderamente ha resucitado!

Por Lucía Álvarez

Y llegó el miércoles, día de llegada, reencuentro y caminos que volvían a cruzarse. El grupo de jóvenes nos reunimos en el colegio San Hermenegildo, en Dos Hermanas, para la Pascua Juvenil, donde algunos miembros de JUVAM ya habían preparado las habitaciones, las literas y los espacios para acogernos. Un gesto sencillo, pero que ya empezaba a hablarnos de lo que iba a ser esta Pascua. Las llegadas fueron escalonadas. Algunos aprovechamos para ir al centro de Sevilla a ver procesiones, mientras otros se quedaron en Dos Hermanas contemplando la Oración en el Huerto, donde salían los frailes amigonianos y personas cercanas a nuestra familia JUVAM. Finalmente, nos encontramos todos para la recogida de la procesión, acompañando ese momento final juntos antes de volver al colegio a descansar. Sabíamos que lo importante estaba por comenzar.

El jueves comenzó con una oración que nos situaba en el corazón de todo, la Eucaristía como presencia real de Jesús en medio de nosotros. A través de algo tan sencillo como el pan compartido, fuimos entrando poco a poco en el sentido del día. Compartir ese pan con otros no era solo un gesto, era decidir caminar con ellos. Más tarde, tuvimos un momento más personal, de mirarnos por dentro, identificándonos con distintos personajes del Evangelio y preguntándonos cómo llegábamos realmente a esta Pascua. Fue un tiempo de silencio, en el que cada uno trataba de situarse en su eje de partida. Después, debido al día del amor fraterno, escuchamos los testimonios de don Víctor, Bea, Elena y Ana. En cada una de sus historias pudimos ver cómo el amor había tenido lugar de forma real en sus vidas, siendo probado, sostenido y transformado por Dios. Fue un auténtico regalo, y solo podemos darles gracias por su sí y por compartirlo con nosotros.

Como toda familia, también nos organizamos para servir: preparar la comida, los cantos y la liturgia. Entre fogones y ensayos, nos encontrábamos con los demás. También fueron muy especiales los ratos de comida y cena, comparados con los frailes, donde las charlas se alargaban sin prisa y nos sentíamos como en casa. La celebración del Jueves Santo, presidida por fray Jorge, nos llevó de lleno al misterio de la institución de la Eucaristía y el gesto del lavatorio de los pies. Después, el silencio ante el Monumento nos invitó a acompañar a Jesús en su noche más difícil. Algunos permanecieron en oración durante la noche, otros salimos a Sevilla a vivir la Madrugá desde la fe, pero todos, de una forma u otra, nos quedamos con Él.

El viernes fue un día de profundidad. Desde la contemplación de la Cruz de San Damián, fuimos recorriendo distintas miradas: María, Juan, Magdalena, el centurión… y en cada una de ellas descubríamos algo de nuestra propia relación con Jesús. Fue un momento personal, de dejarse mirar, de dejarse tocar. La Lectio Divina y compartir en grupo nos ayudó a poner palabras a lo que iba surgiendo en el corazón y a escuchar también lo que los demás iban descubriendo. Y por la tarde, los oficios de la Pasión nos llevaron a contemplar el amor más grande: un Dios que se entrega hasta el final. En la adoración de la Cruz, en ese gesto del beso, muchos depositamos nuestras cargas, nuestras dudas y nuestro deseo de responder a ese amor. Después, todos salimos a Sevilla a ver las procesiones, viviendo también allí la fe en medio de la calle y la tradición.

El sábado comenzó de una forma impactante: con los ojos tapados, en medio de ruidos que simulaban el descenso a los infiernos. Una experiencia que nos hacía entrar en ese silencio profundo, en ese vacío donde Dios también está. Fue día de desierto. Nos fuimos a Alcalá de Guadaira, y entre la naturaleza y el silencio, pudimos confrontarnos con nosotros mismos, con nuestras ataduras y decisiones. También hubo momentos de confesión, de sanación… donde muchos pudimos experimentar cómo el Señor entra en nuestra historia y la transforma con amor. Al volver del desierto hubo comida y sobremesa, conversaciones con amigos y con los frailes que, sin darnos cuenta, nos iban acompañando en el camino. También compartimos en nuestros pequeños grupos como había ido el desierto. Además, se nos invitaba a reflexionar sobre la relación entre la persona, la oración, la comunidad y la misión, entendiendo el compromiso como algo que nace de la relación con Dios, se vive junto a otros y se concreta en una tarea en la vida
diaria.

Y llegó la noche. La gran noche. La Vigilia Pascual. La luz venciendo a la oscuridad. El fuego nuevo, la Palabra, el agua, la Vida. Cristo ha resucitado, verdaderamente ha resucitado. Y en ese momento todo cobra sentido. Todo lo vivido, todo lo sentido, todo lo entregado. La alegría fue inmensa. Nos sabíamos amados. Nos sabíamos salvados. Después lo celebramos como lo que somos: una familia. Compartiendo comida con la gente del pueblo, música, risas… la vida que brota cuando uno se sabe lleno.

El domingo por la mañana, con una última oración, pusimos en común lo que nos llevábamos en el corazón. Celebramos juntos la Eucaristía y compartimos la última comida, una paella que sabía a despedida, pero también a envío. Volvemos a casa distintos. Con el corazón tocado y con la certeza de que Él actúa, de que Él nos llama, de que Él nos ama. Porque esta Pascua no ha sido solo unos días. Ha sido un encuentro. Un camino. Y, sobre todo, el paso de la muerta a la Vida en plenitud.

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