
Por Mª Eugenia Fernández
El Día de los Difuntos no es solo una jornada para la nostalgia; es, ante todo, un día para celebrar la vida de quienes dejaron una huella imborrable en nuestro caminar. Este año, nuestro recuerdo más especial se dirige a los religiosos de la comunidad del Seminario San José de Godella (Valencia) que ya descansan en la paz del Señor. Hombres de Dios que compartieron su vida con nosotros, que se ganaron nuestro afecto día a día y que hoy reviven en nuestra memoria a través de sus gestos, sus enseñanzas y sus entrañables personalidades.
Evocar su presencia es volver a cruzarse con el saber estar del padre Francisco Morant, de quien nunca olvidaremos su palabra favorita, esa “belleza” con la que sabía coronar las cosas buenas de la vida. Es recordar la alegría constante y el desparpajo de fray Paco Cantalejo, que siempre conseguía arrancarnos una sonrisa, o la profunda humildad de fray Marino Lecumberri, un testimonio silencioso de entrega. Nos acompaña también la figura entrañable del padre José Deusa, dueño de una sonrisa eterna y de esos constantes y simpáticos «despidos» con los que reaccionaba con humor cuando algo no terminaba de gustarle.

Cómo no sonreír al pensar en las bromas y los pellizcos del padre Francisco Carretero, o al evocar el profundo gusto por la música del padre José María González, que llenaba de armonía nuestros días. Sigue estando muy fresca en nuestra memoria la bondad del padre Ricardo Ollacarizqueta, especialmente la viva imagen de su cara de felicidad el día que pisó la playa de Puzol. Nos acompaña también el ejemplo de conformidad y serenidad del padre Camilo Aristu, y el entrañable gusto por la cocina y por la huerta de fray Horacio Gutiérrez, con quien tuvimos la suerte de compartir tantas vivencias, como aquel Belén que construimos juntos al estilo de Sudamérica. Nos conmueve recordar al padre Benito Gil, fundador de Proyecto Hombre, cuyo ejemplo de entrega social solo fue igualado por su entereza y su digno silencio ante la enfermedad.
Ellos, y tantos otros hermanos: P. Elías Elena, P. Julio Martínez, P. Ángel Soriano, P. José Demetrio Narbona, etc., a los que hemos acompañado en su tramo final, se robaron un pedazo de nuestro corazón. Es inevitable admitir que los echamos de menos; sus ausencias dejan un vacío en los pasillos y en las estancias del Seminario. Sin embargo, por encima de la pena, prevalece un profundo sentimiento de gratitud. Nos sentimos dichosos y agradecidos de haber tenido el privilegio de cuidarlos en su vulnerabilidad, porque sabemos con certeza que la historia no termina aquí: ahora la situación se ha transformado, y son ellos quienes, desde el cielo, nos cuidan y guían a nosotros.
Que su luz siga inspirando a nuestra comunidad de Godella. Que descansen en paz.
