
Por Mª Eugenia Fernández
Sacando tiempo de nuestro tiempo, el P. José Vicente Miguel, como animador espiritual de los Cooperadores Amigonianos, y la que esto escribe, como presidenta nacional, hemos vivido momentos de profunda renovación a través de las visitas realizadas a los diferentes grupos. Ya sea recorriendo Oliva, Torrent, la Colonia San Vicente o Hellín, o acortando distancias a través de la pantalla, cada encuentro ha sido un testimonio vivo de lo que somos y de lo que nos une.
Las visitas presenciales en España nos han permitido mirarnos a los ojos y compartir el abrazo fraterno que tanto nos nutre. En cada rincón de Oliva, en la energía de Torrent, en la calidez de la Colonia y en la entrega de Hellín, hemos sido testigos de una fortaleza admirable. Ver a los grupos unidos, trabajando con ilusión y manteniendo encendida la llama de su compromiso, es un regalo que nos impulsa a seguir adelante con más fuerza.
La tecnología nos ha regalado la oportunidad de derribar muros geográficos. El encuentro vía online con nuestro grupo en Argentina fue, sin duda, uno de los momentos más emotivos. A pesar de los kilómetros, la sintonía fue total; la fraternidad no entiende de mapas cuando el propósito es el mismo. Sentir el pulso de la comunidad argentina nos recordó que somos una familia global, vibrando en la misma frecuencia de fe y servicio.

En este camino, nuestro corazón se vuelve con especial ternura hacia aquellos grupos que, por diversas circunstancias, parecen “casi haber desaparecido”. Queremos que sepan que no están solos: estamos buscando activamente vías para animarlos y sostenerlos. Aunque la estructura sea hoy más frágil, sabemos que en su interior aún mantienen viva la llama amigoniana, y nuestra misión es ayudar a que ese fuego vuelva a arder con fuerza.
Estas visitas son solo el comienzo, pues seguiremos recorriendo y compartiendo con el resto de grupos que forman nuestra familia, como son Madrid y Teruel. Pero nuestro deseo no se detiene aquí: guardamos el profundo sueño de que, en un futuro cercano, esos encuentros puedan cruzar aún más fronteras. Soñamos con el momento de poder abrazar también, cara a cara, a nuestros hermanos que se encuentran en África y en Filipinas, llevando nuestra cercanía allí donde la misión nos llama.
Lo que define estas jornadas es, por encima de todo, la alegría. Una alegría que nace de saberse acompañados. Estos encuentros, ya sean físicos o en línea, son el motor que recarga nuestra esperanza. Salimos de estas visitas más unidos, más convencidos y, sobre todo, más agradecidos por el camino compartido. Como nos recordaba nuestro fundador, el Padre Luis Amigó: “La unión de los corazones es la que hace las obras grandes y la que atrae sobre ellas las bendiciones del cielo”.
¡Gracias a cada grupo por abrirnos sus puertas y sus corazones! Seguimos caminando juntos.