Ejercicios Espirituales en Hellín: volver a sabernos amados por Dios

Por Fr. José Mª Simón

Cada vez que comenzamos unos Ejercicios Espirituales hacemos un alto en el camino. Durante unos días dejamos a un lado el ritmo habitual de la vida, no para evadirnos de nuestras responsabilidades, sino para recuperar algo esencial: la capacidad de escuchar. Con el paso del tiempo, el corazón puede llenarse de tareas, preocupaciones, compromisos, reuniones y encuentros, hasta el punto de que la voz de Dios corre el riesgo de quedar ahogada entre tantas cosas, incluso buenas.

En Hellín, un pequeño grupo de siete participantes hemos tenido la oportunidad de vivir esta experiencia. Procedentes de las comunidades de Godella, Torrelavega, Teruel, Hellín y Argentina, y acompañados también por la directora del Colegio Nuestra Señora de los Dolores, hemos compartido unos días de oración, reflexión y fraternidad. Historias, edades y experiencias diferentes, pero una misma inquietud: volver a poner la propia vida delante del Señor y dejar que Él ayude a mirarla con nuevos ojos.

Llegamos con todo lo que cada uno llevaba dentro: momentos de paz y también cansancios; ilusión ante la misión y, quizá, algunas preguntas todavía abiertas; experiencias de plenitud, pero también el peso de los años, de la rutina o de las propias limitaciones. Y precisamente ahí hemos podido descubrir algo fundamental: Dios no nos espera con un examen sobre nuestra vida espiritual, sino con la alegría del Padre que recibe a sus hijos.

Volver al primer amor

A lo largo de seis temas hemos recorrido nuestra experiencia de fe y de vocación. No se trataba de acumular ideas ni de realizar una reflexión teórica sobre la vida religiosa, sino de entrar en nuestra propia historia y hacernos preguntas esenciales: ¿dónde está Dios en este momento de mi vida? ¿Qué quiere decirme ahora? ¿Cómo renovar la alegría de mi vocación? ¿Cómo volver al primer amor? El hilo conductor de estos días ha sido sencillo, pero profundo: dejarnos amar de nuevo por Dios para aprender de nuevo a amar.

La Primera Carta de san Juan nos ha acompañado especialmente: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él». No se trata solamente de saber que Dios nos ama, sino de experimentar personalmente ese amor y dejar que transforme nuestra vida. Porque antes de ser religiosos, sacerdotes, hermanos o educadores, somos hijos amados de Dios. Y quizá, con el paso de los años, podamos olvidar precisamente aquello que tantas veces hemos anunciado a los demás.

Los Ejercicios nos han ayudado a volver a la fuente y recordar que nuestra vocación no nace de nuestros méritos ni de nuestra eficacia, sino de una llamada recibida como regalo. Desde ahí hemos podido mirar nuestros cansancios, fragilidades, dudas y limitaciones con mayor serenidad. No se trata de negar aquello que vivimos, sino de descubrir que Dios continúa presente y actuando en nuestra historia.

Estos días de retiro han estado también enriquecidos por dos acontecimientos especialmente significativos para nuestra Familia Amigoniana: el VIII Centenario de la Pascua de Nuestro Padre San Francisco de Asís y el XXV aniversario de la beatificación de nuestros Beatos Mártires Amigonianos. Francisco de Asís, Luis Amigó y nuestros Mártires no son únicamente figuras admirables del pasado. Francisco cambió su manera de entender la vida después de encontrarse con Cristo. Luis Amigó aprendió a vivir como Buen Pastor y a acercarse a quienes se habían alejado del camino. Y los Mártires Amigonianos llevaron su fidelidad hasta la entrega de la propia vida.

Durante estos Ejercicios también tuvimos la oportunidad de visitar el cementerio de Hellín, donde reposan nuestros hermanos religiosos terciarios capuchinos, para orar por ellos y recordar su testimonio de entrega y fidelidad. Todos ellos nos recuerdan que la misión nace de una experiencia interior. No podemos ofrecer a los demás aquello que no permitimos que Dios vaya realizando primero en nosotros.

La fraternidad, lugar de encuentro

La fraternidad ha sido otro de los grandes regalos de estos días. Compartir oración, reflexión, silencio, mesa y conversación entre personas procedentes de realidades tan diversas nos ha permitido experimentar que la diversidad no tiene por qué separarnos. Al contrario, puede convertirse en una oportunidad para enriquecernos y descubrir que cada persona aporta su propia historia, sus dones y su particular manera de vivir la llamada recibida. Por eso, quizá al terminar estos Ejercicios no se trate tanto de llevarnos una larga lista de propósitos como de llevarnos una mirada nueva. Una mirada más agradecida sobre nuestra vocación. Más misericordiosa con nosotros mismos y con los demás. Más consciente de que la misión no es simplemente lo que hacemos, sino desde dónde y para quién lo hacemos. Y, sobre todo, una mirada capaz de reconocer de nuevo a Dios como fuente y sentido de nuestra vida.

Los Ejercicios terminaron, pero comienza ahora lo verdaderamente importante: regresar a nuestras comunidades, a nuestras tareas y a nuestra misión llevando con nosotros aquello que hemos descubierto en el silencio. Quizá no salgamos con todas las respuestas. Tal vez continúen presentes algunos cansancios, preguntas o dificultades. Pero podemos salir con algo mucho más importante: la certeza de que seguimos siendo profundamente amados por Dios.

Y cuando una persona vuelve a saberse amada, algo cambia. La vocación puede recuperar su carácter de regalo; la fraternidad, su alegría; la misión, su sentido; y la oración, su verdadero significado de encuentro. Hellín ha sido para nosotros un pequeño alto en el camino: seis temas, unos días de silencio y oración, siete historias diferentes y una misma experiencia: Dios sigue saliendo a nuestro encuentro. Al terminar estos días hacemos nuestra la confesión de san Juan: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él». Porque ahí comienza toda vocación, toda fidelidad y toda verdadera alegría.

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