Un encuentro con Dios y con los hermanos tras las huellas de san Francisco

Por Fr. Carlos Sagardoy

Veintitrés religiosos amigonianos hemos participado en los Ejercicios Espirituales para mayores de 70 años, celebrados del domingo 30 de agosto al sábado 6 de septiembre en la sala grande y la capilla de la Abadía de San José de Godella (Valencia). En el marco del VIII centenario de la muerte de san Francisco de Asís, los ejercicios han sido dirigidos por fray Juan Oliver Climent, O.F.M., natural de Carcaixent (Valencia), en la comarca de la Ribera Alta, y obispo emérito de Requena (Perú), donde ejerció su ministerio episcopal entre 2005 y 2022. Su propuesta ha buscado «acompañar y dirigir en el camino de la santidad», desde una mirada profundamente franciscana.

Cada jornada comenzaba con la celebración de Laudes y un tiempo de oración. Después del desayuno tenía lugar la meditación de la mañana, en la que fray Juan Oliver presentaba el tema correspondiente a cada día, apoyándose en los escritos de san Francisco y en la Sagrada Escritura, así como en experiencias personales y diversos testimonios. Tras la exposición se disponía de un tiempo para la reflexión personal y un momento de descanso. La mañana concluía con la Adoración y la Hora Intermedia, antes de compartir la comida en el antiguo comedor de la comunidad. Por la tarde tenía lugar una segunda meditación, seguida de un nuevo espacio de reflexión personal. La jornada concluía con la celebración de la Eucaristía, unida a las Vísperas, y la cena.

Un camino de conversión tras las huellas de san Francisco

El primer día fuimos invitados a subir a la montaña para encontrarnos con Jesús. Por la tarde, la meditación se centró en los escritos de san Francisco de Asís y, de manera especial, en su Testamento espiritual, donde el santo sintetiza su vocación y transmite a sus hermanos sus últimas recomendaciones. Entre los aspectos destacados estuvieron el don de la conversión y de los hermanos, la vivencia del Evangelio, la pobreza radical, el amor a la Iglesia y el saludo de la paz.

El segundo día estuvo dedicado al proceso de conversión y al cambio de vida. Somos discípulos llamados a vivir desde la pobreza, la sencillez y la humildad. En Francisco, este vuelco vital se produjo a partir de un doble encuentro. En primer lugar, el encuentro con el rostro de los leprosos, ante quienes aprendió a practicar la misericordia. En segundo lugar, el encuentro con Cristo crucificado en San Damián, donde Francisco contempló los ojos abiertos del Hijo vueltos hacia el Padre. Se trata de un proceso profundamente autobiográfico: el encuentro con Jesús crucificado lleva a Francisco a descubrir el sentido de la cruz y, al mismo tiempo, a reconocer el valor de la Iglesia, de los sacerdotes y de los teólogos.

Durante la mañana del tercer día, el ponente nos invitó a recorrer el último año de la vida de san Francisco y conocer sus últimas recomendaciones. Francisco tiene conciencia de haber recibido algo de Dios que debe compartir con los demás. Se siente responsable de transmitir aquello que Dios le ha revelado. Su vida está centrada en Dios y es fruto de la verdadera alegría: la identificación con Cristo, verdadero siervo. Por la tarde tuvimos ocasión de realizar una salida cultural. Visitamos el Centro de Arte Hortensia Herrero, que acogía una exposición temporal dedicada al artista Anselm Kiefer, y recorrimos sus seis salas. Posteriormente, visitamos la Iglesia-Museo de San Juan del Hospital, donde conviven elementos de diferentes épocas y estilos, desde las pinturas murales románicas y la arquitectura gótica hasta la exuberancia del barroco. Finalmente, compartimos una horchata antes de regresar a Godella.

El cuarto día, la meditación de la mañana estuvo dedicada a la Iglesia, tierra pobre, pero fecunda. A pesar de todas sus espinas, la Iglesia sigue siendo el lugar donde debe germinar la semilla del Evangelio. Tras su conversión, Francisco vivió junto al pobre sacerdote Pedro en San Damián y fue educado en la fe de la Iglesia, que reconocía como lugar sacramental de la revelación del amor de Dios.

San Francisco

El quinto día meditamos sobre los orígenes y la vida de la primitiva fraternidad, poniendo el acento en el don de los hermanos y en una fraternidad sin poder. No se trata de una estructura piramidal, sino de una fraternidad circular en la que todos son hermanos y menores, llamados a lavarse los pies unos a otros. El superior es entendido como ministro y servidor al servicio de los hermanos, con el estilo de una madre, capaz de ofrecer cercanía y cuidado especialmente en los momentos difíciles.

El sexto día reflexionamos sobre un estilo de vida que produce testigos que anuncian la paz. La paz es mucho más que un simple saludo: constituye todo un programa de evangelización. El camino de los mansos y humildes de corazón, como lo fue Jesús, es el único capaz de conducir a los hombres a buscar sinceramente caminos de paz. En un mundo intercomunicado y multifacético como el nuestro, se requiere un espíritu de diálogo y colaboración que permita afrontar las tensiones y rivalidades sin recurrir a la violencia.

Una experiencia de fraternidad y encuentro con Dios

Los veintitrés ejercitantes hemos vivido estos Ejercicios Espirituales con mucho interés y en un clima de profunda fraternidad, abiertos a la acción del Espíritu y reconociendo la presencia de Dios en nuestras vidas. La experiencia nos ha permitido iluminar nuestro camino con la Palabra y el Cuerpo de Cristo y renovar nuestro compromiso de seguir amando al Señor Dios Trinidad, centro de nuestra vida; a los hermanos que nos ha dado; y a todas las personas que forman parte de nuestro entorno.

Quedamos profundamente agradecidos al director de los ejercicios, que ha sabido transmitirnos el legado que san Francisco nos deja: los pobres y Cristo crucificado, la Iglesia y la Eucaristía, lugares en los que contemplar cada día la lógica de Jesús: la humildad y la pobreza como caminos para convertir nuestra vida en un don de misericordia. En definitiva, agradecemos a fray Juan Oliver que haya sabido acercarnos, con espíritu franciscano y amigoniano y desde un lenguaje y una actitud sencillos y humildes, a los misterios de nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor.

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