
Por José Andrés, Carmen Vallés, Fr. Carlos Sagardoy y Cristina Ortiz de Guinea
Los días 22 y 23 de noviembre de 2025 se celebró en las Escuelas Profesionales Luis Amigó de Godella (Valencia) el 30º Encuentro Nacional de Educadores/as Amigonianos/as, un espacio de formación, identidad y convivencia que reunió alrededor de 300 profesionales de las entidades amigonianas de diferentes puntos de España. La recepción inicial, colmada de saludos, fotos y reencuentros, dio paso a la apertura oficial en el salón de actos.
En la presentación inaugural, José Miguel Bello, superior provincial, señaló la importancia del encuentro presencial para “conocerse mejor, reflexionar sobre la práctica de nuestra pedagogía llevada a cabo en los diferentes centros y recursos y avanzar en los principios éticos de nuestro carisma para mejorar la práctica educativa amigoniana” y destacó los tres objetivos fundamentales del Encuentro:
- Favorecer la convivencia y el encuentro entre profesionales amigonianos
- Reforzar la identidad amigoniana inspirada en el carisma de Luis Amigó
- Ofrecer una formación rigurosa y de calidad
La ponencia central del Encuentro estuvo a cargo de Adela Cortina, catedrática emérita de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, que fue presentada por Candi Marco, directora de EPLA, que quiso resaltar de la ponente su excelente trayectoria profesional y académica y su compromiso personal con la mejora de las personas más vulnerables.

Con su cercanía, ingenio y capacidad para interpelar al público, Adela Cortina habló sobre “Ética profesional y corporativa en el campo de la educación”. Invitó a reflexionar sobre una cuestión clave: “¿Educar para qué?”. A partir de esta pregunta, animó a los/as participantes a identificar la meta interna de su labor educativa y alertó sobre el riesgo de sustituir esos bienes internos —que dan sentido a la vocación educativa— por beneficios externos, recordando que la corrupción “más grave” es la que desvirtúa el propósito auténtico de una profesión.
Cortina profundizó en los valores que deberían guiar toda acción educativa: entusiasmo, ayuda y compasión, defendiendo la necesidad de ejercer la profesión desde la excelencia del carácter. También abordó la aporofobia, el rechazo hacia las personas pobres, y explicó que se trata de una tendencia humana que puede transformarse mediante una mirada que reconozca el valor intrínseco de cada persona y actúe no solo con empatía, sino con compromiso.
La ponente intercaló reflexión filosófica, humor, anécdotas personales y constantes preguntas al auditorio, y consiguió así crear un ambiente dinámico y participativo, que culminó en una invitación a seguir construyendo la labor educativa desde la dignidad humana como eje central. Su intervención fue despedida con un prolongado aplauso.
Tras la pausa café y la foto grupal, las personas participantes se distribuyeron en 16 grupos de trabajo aleatorios, donde dialogaron sobre las cuestiones planteadas durante la ponencia. Posteriormente, estos grupos compartieron en el salón de actos una primera aproximación a sus conclusiones, generando un espacio común de reflexión.

A continuación, los equipos se reorganizaron, esta vez por ámbitos profesionales —educación primaria, educación secundaria, recursos especializados en violencia filio-parental, servicios generales de Fundación Amigó, entre otros— para llevar a cabo una segunda sesión de trabajo orientada a consensuar las conclusiones finales desde la perspectiva específica de cada área.
La jornada concluyó con la intervención de José Miguel Bello, quien destacó que los objetivos del Encuentro se habían cumplido ampliamente: se fortaleció la convivencia, se afianzó la identidad amigoniana y se ofreció una formación de alto nivel.
El domingo 23 estuvo destinado a actividades convivenciales, que comenzaron con una visita al Convento de la Magdalena y al sepulcro de nuestro Padre Fundador, Fr. Luis Amigó, en la Casa de las Terciarias Capuchinas en Massamagrell. A continuación, tuvo lugar la Eucaristía en Massamagrell, presidida por el vicario provincial Fr. José Vicente Miguel, y se terminó con una comida picnic conjunta.

A lo largo del fin de semana, la idea que más resonó fue que educar es un acto profundamente humano que necesita una ética sólida, pero también muy viva. En un mundo donde la pobreza, la exclusión y la indiferencia se disfrazan de mil formas, nos recordamos la importancia de mantener una mirada limpia: ver talento y dignidad donde otros solo ven carencias. Educar es sembrar esperanza, incluso cuando el fruto tarda. De este proceso surgieron los cinco principios que dan forma a nuestra Carta Ética Amigoniana.
1. Justicia y Dignidad: Este es nuestro punto de partida. Queremos hacer visibles a quienes suelen quedar al margen. Entendemos la justicia como restitución y la dignidad como un derecho universal, inherente al ser humano. Sabemos que la pobreza no es solo económica: también es falta de vínculos. Por eso nuestros centros deben ser espacios seguros donde cada persona reciba lo que verdaderamente necesita.
2. Vocación Transformadora: La vocación es nuestro motor. No sustituye a los recursos —que nunca sobran—, pero les da sentido. Es lo que nos empuja a seguir, incluso cuando el día se hace cuesta arriba. Ser educadores amigonianos es apostar por transformar vidas desde la pedagogía del amor y trabajar con excelencia, alegría y compromiso.
3. Compasión Activa: Nuestra compasión es empatía más compromiso en acción. Implica mirar a cada joven sin prejuicios y descubrirle su potencial. Este principio nos recuerda el poder del vínculo: ser auténticos, aceptar nuestras vulnerabilidades y vivir lo que transmitimos. Sabemos que el ejemplo educa más que cualquier discurso.
4. Acompañamiento – La Presencia: Acompañar es estar. No controlar ni dirigir, sino caminar al lado. En todas las etapas —desde infantil hasta los proyectos con jóvenes en conflicto— acompañamos con paciencia, constancia y cariño. A veces no vemos el fruto, pero confiamos en que está creciendo.
5. Empoderamiento y Esperanza: Nuestra meta es que cada persona descubra su voz y crea en sí misma. Sin esperanza, ninguna intervención educativa se sostiene. Empoderar es devolver capacidades: autoestima, autonomía, responsabilidad. Es enseñar que los futuros posibles también se construyen.

A lo largo del encuentro reconocimos que también nosotros cambiamos. Nuestra profesión nos cuestiona, nos transforma y nos empuja a cuidar la coherencia entre lo que pensamos, decimos y hacemos. Aprendemos a apoyarnos en el equipo, reconocer nuestras limitaciones y revisar nuestra mirada. Esta es la influencia Ética en nuestra vida profesional.
Cerramos el encuentro con el compromiso de mantener una ética viva y transformadora. Un compromiso basado en la coherencia, la responsabilidad, el trabajo en equipo, el cuidado mutuo, la defensa de una educación digna y la esperanza activa. Un cierre que reafirmó el valor de seguir construyendo, juntos, una misión educativa comprometida, sólida y profundamente humana. ¡Gracias a todos/as por hacerlo posible!
Lo nuestro es, sin duda, mucho más que una profesión.