Celebración del Viernes de Dolores

 

Hoy es Viernes de Dolores. Los Amigonianos tenemos por modelo y protectora a nuestra Madre de los Dolores. A ella nos confió nuestro Padre Fundador Luis Amigó y su presencia en nuestra vida es fuente de la generosidad y de la misericordia, de la fortaleza y de la ternura que requiere nuestra misión.

Por ello, conmemoramos este día con estos versos que el P. José Luis Rodríguez le dedica al Cuarto Dolor: María encuentra a Jesús cargado con la cruz.

Al amanecer del viernes
una noticia galopa
por toda Jerusalén
y corre de boca en boca:
a Jesús el Nazareno,
la autoridad religiosa
le ha cogido prisionero
de noche y forma alevosa.

Alguien le cuenta a María
de los sucesos la crónica:
dicen que fue el Sanedrín
quien le juzgó, y sin demora
a muerte le ha condenado
con injusticia a deshora;
que desde Anás a Caifás
entre burlas y chacotas
cual malhechor lo llevaron
ya bien pasada la aurora;
que Pilatos ha de ser
en función gobernadora
el que firme esa sentencia,
porque el poder es de Roma;
que en el Pretorio, Pilatos
casi lo libra y perdona,
mas por miedo a los judíos
se lo encomienda a la tropa,
que lo insulta y lo maltrata,
y lo desnuda y lo azota,
y viste de rey de burla,
y de espinas lo corona...;
que, luego, el mismo Pilatos
a la turba veleidosa
le presenta de ecce homo,
que verle, da pena gorda...;
y que la gente azuzada
con promesas engañosas
por los escribas del templo
y los de la sinagoga,
pide que muera en la cruz
antes de cumplirse nona;
que Pilatos le sentencia,
y lava sus manos fofas
queriendo significar
que con él no va la cosa.

Lo escucha atenta María
y se estremece cual hoja
que en la rama mueve el viento,
y sufre en silencio y llora.
Y piensa para sí misma
que la misión redentora
de su Hijo ya ha llegado
y la va a cumplir ahora.

Tengo que ver a mi Hijo,
dice María llorosa.
Todos quieren disuadirla,
mas sus razones son pocas...
Con Juan, el apóstol joven,
recorre una calle y otra.
Mas ella no llega a ver
del Hijo más que la sombra.
Por ser la Pascua judía
mucha gente bulliciosa
llena las calles por ver
cualquier cosa novedosa.

La calle de La Amargura
es una de las más propias
para ver la procesión
que va camino del Gólgota.
Y el encuentro acaeció
en esa calle famosa
entre el Hijo dolorido
y su Madre Dolorosa
Esperan entre la gente
que se impacienta curiosa.
Los gritos se oyen cercanos:
son de insultos y de mofa.
Pasan unos por delante,
otros allí se acomodan...
Abren la marcha soldados
de las legiones de Roma
despejando la calzada
para cumplir con las normas.
Delante van dos bandidos
de caminos y de trochas:
mantienen el cuerpo erguido
y su talante es de bronca,
aunque saben que la muerte
les espera antes de nona.
Y detrás viene Jesús
que no parece persona,
humillado y tan maltrecho
que no hay quien le reconozca.

─¡Hijo! ¿Pero qué te han hecho?,
dice la Madre llorosa.
Agarra del brazo a Juan
y en él al andar se apoya,
sale al centro de la calle
y ante su Hijo se postra
y sólo puede decir:

─¡Hijo! ¿Por qué te deshonran?
Sangrando lleva la cara,
su túnica sucia toda,
de espinas va coronado,
la cruz a cuestas le dobla,
sus fuerzas tiene perdidas
y su mirada es borrosa...
¡Es el siervo de dolores,
desfigurado y sin forma!

¡Hijo!, ─es la sola palabra
que de su garganta brota.
Y el Hijo mueve sus labios
y no sale de su boca
sino apenas una queja
dolorida y dolorosa.
Mas se miran a los ojos
y en esa mirada honda
se dicen todo el mensaje
que de sus almas rebosa.

Las lágrimas de Jesús
se deslizan sinuosas
por su rostro ensangrentado
y llegan al suelo rojas.
Las lágrimas de María,
maternales y amorosas,
como gotas de agua pura
su vestido y suelo mojan.
María quiere limpiar
del Hijo la faz fangosa
pero el soldado que cuida
de que se cumplan las normas
se lo impide con la lanza,
y el gesto maternal corta.

─¡Que es su madre...!, dice Juan.
─¡Y a mí eso qué me importa!
¡Que nadie se acerque al reo,
o será preso de Roma!
Y entre voces de soldados,
insultos de gente ociosa
y restallar de algún látigo
sigue la marcha penosa.
Jesús con la cruz a cuestas
va caminando hacia el Gólgota.
El Hijo ha visto a su Madre
y un dolor más le provoca.
Y a la Madre se le clava
otra espada de congoja.
Sabe que es su destino
ser la Madre Dolorosa.

P. José Luis Rodríguez Ibáñez

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